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Tener una vocación desde pequeño no es algo que se pueda elegir. Hay quien tiene la suerte de dar con esa ilusión muy temprano y hay quien no. Y también hay quien desea tenerla y acaba encontrándola, aunque algo más tarde. Pero lo importante no es cuándo, sino dar con lo que realmente le apasiona a uno. A Ana Álvarez, tercera generación del Grupo Armando Álvarez, le llegó ya terminada la carrera de derecho y empresariales y a punto de renovar contrato en la empresa en la que trabajaba por ese entonces. Concretamente, en una de las cenas que solía tener con su padre: “ese día mi padre me propuso sumergirme más en la empresa familiar. Me dijo que quería que me apasionase con ella tanto como se había apasionado él. Y, en ese momento, nunca me planteé decirle que no. Creo que esa ha sido mi vocación, pero me he dado cuenta más tarde”.
Fue así como cambió la que entonces era su vida, asentada en Madrid desde hacía 8 años, para volverse a Santander (Cantabria), su ciudad natal y donde su empresa y su familia han echado raíces. “Me fui con 25 años y sigo ahí después de todo este tiempo, y me encanta”, cuenta la actual vicepresidenta-consejera y directora de ESG del Grupo en ‘Los que dejarán Huella’, un proyecto de KPMG junto al Fórum Familiar, que nace del deseo de mirar al futuro de las empresas familiares de nuestro país a través de la generación más joven.
Aunque aquella cena fue el principio de una aventura profesional y personal para ella, hubo destellos desde mucho antes. “Algunos de los negocios de mi familia son hoteles, y cuando íbamos a alguno, en vez de entrar como todo el mundo, directos a comer, nosotros antes saludábamos a todo el personal, entrábamos en la recepción y, literalmente, hasta la cocina. Y yo empezaba a notar entonces cómo la gente del hotel admiraba y respetaba mucho a mi padre y a mi abuelo. Ya percibía que ahí había algo especial”, recuerda.
Desde que entró a formar parte del Grupo, fue asumiendo diferentes roles para tener una visión global y conocer las tripas de la empresa. “En 2023 me nombraron vicepresidenta consejera y ahora tengo la responsabilidad de liderar la estrategia ESG. Pero cuando llegué allí, con 25 años, era muy joven, era mujer en un entorno industrial muy masculinizado, y además era la hija del jefe. Fui muy exigente conmigo misma, tenía que dar la talla. Y, sobre todo, tenía 6.000 ojos mirando a ver qué hacía ‘esta chica’”, cuenta Ana Álvarez.
Ahora que ha pasado tiempo desde aquella primera entrada en la empresa familiar y habiendo vivido y aprendido muchas más cosas, Ana Álvarez tiene claro qué le diría a alguien de 25 años que, como ella, decidiera formar parte activa de su proyecto familiar. «Le diría que no se preocupe por no tener todo el conocimiento teórico, eso lo irá adquiriendo con el tiempo. Lo que sí es importante es la actitud, las ganas y también la humildad; aunque seas parte de la familia, también tienes que aprender. Y que tengas capacidad de sacrificio y lideres con el ejemplo. Esas serían mis recomendaciones”, asegura.
Precisamente sobre el aprendizaje, Ana Álvarez valora de forma muy positiva su recorrido en otras compañías antes de incorporarse al proyecto familiar. Esta experiencia previa en otras compañías es, además, un requisito incorporado en su propio protocolo familiar. “En nuestro caso, el ejercicio de hacer un protocolo familiar ha sido muy enriquecedor porque hemos trabajado conjuntamente segunda y tercera generación. Porque muchas veces el protocolo te viene impuesto por la generación de antes. Y, en nuestro caso, ha sido un proceso muy bonito y consensuado”, destaca Ana Álvarez.
Y es que la convivencia y entendimiento entre generaciones es algo fundamental para Ana Álvarez. Y una realidad en el Grupo. “Las generaciones más jóvenes traen frescura, ganas de innovar, de cambiar. Y eso es buenísimo, porque cuando planteas un problema tienes distintas perspectivas, y eso es lo que hace que puedas plantear soluciones mucho más creativas. Y, por otro lado, los que llevan más tiempo tienen el conocimiento profundo del negocio y el histórico”.
Eso, en el caso de la convivencia y trabajo en común dentro de la compañía, pero, ¿qué quieren los más jóvenes para su carrera profesional y cómo cautivarles? Para Ana Álvarez, hay que “darle la vuelta” al discurso, en ocasiones, negativo en torno a las nuevas generaciones: “Ellos entienden el compromiso de otra manera y, más que cambiar la forma en la que ellos ven las cosas, creo que los que deberíamos hacer el análisis y el esfuerzo de intentar adaptarnos a la nueva generación somos nosotros. Tenemos muchas cosas que aprender de ellos”, subraya. “Cuando yo empecé a trabajar, mi aspiración era encontrar un trabajo y aprender, a mí nadie me decía tengo que conciliar, cuanto me van a pagar, etc. Si tengo que estar aquí 50 horas me da igual porque vengo a aprender. Y esto igual tampoco es muy sano”, recuerda.
El acercamiento a los jóvenes y el deseo de aprender de ellos va muy ligado con la mirada a largo plazo, la vocación de permanencia y la cultura de cambio constante que definen a la empresa familiar, aunque no siempre se perciba de esta manera. “A veces se relaciona empresa familiar con tradición, con algo obsoleto o viejo incluso. Y no lo relacionas con innovar o con algo de futuro. Y está muy lejos de la realidad, porque uno de los valores y objetivos de la empresa familiar es transmitir el legado. Y, para que la siguiente generación reciba algo, tienes que estar actualizándote constantemente. Por eso es importante generar espacios dentro de la empresa que sean dinámicos y flexibles y encontrar a personas que estén dispuestas a cambiar o, por lo menos, que estén dispuestas a cuestionarse el estatus quo de lo que hacen”, incide Ana Álvarez.
Esa necesidad de comunicación y de crear espacios de diálogo para promover el cambio es especialmente relevante en el momento del relevo generacional. Uno de los más delicados cuando hablamos de la continuidad del proyecto. El Grupo Armando Alvarez está inmerso en este proceso, que se está llevando muy de la mano con la segunda generación, quienes les pasan ahora el testigo. “Para que este proceso culmine con éxito, la siguiente generación tiene que estar comprometida con los valores y propósito de la compañía. Tienes que comulgar con ella y eso se trabaja desde muy pequeños. Luego, tiene que haber voluntad de que haya ese relevo generacional. Es decir: la generación que se va debe querer irse, y manifestarlo, y la que entra, debe querer incorporarse, y manifestarlo. Y, cuando ya tienes esas voluntades alineadas, hay que planificar. Y, sobre todo, hay que respetar los tiempos de las dos generaciones y ver siempre la transición generacional como una oportunidad para hacer crecer el negocio y el vínculo familiar”, subraya Ana Álvarez.
En el caso del Grupo Armando Álvarez, empresa cántabra con más de 70 años de historia especializada en embalaje, envases, agricultura, madera, logística y energía renovables, además de ser propietarios del Grupo Sardinero Hoteles, el territorio es parte fundamental de su identidad y de su legado. “Cantabria nos ha dado mucho y nosotros queremos seguirle dando a Cantabria. Seguimos teniendo aquí nuestro centro neurálgico, varias de nuestras sociedades están en Cantabria, y, en definitiva, es el centro de toma de decisiones. Y esto realmente es un milagro. Porque del 100% de lo que compramos, solo el 6% lo compramos en local. Y del total de cifra de ventas, solo un 3% de los clientes están en Cantabria. Y, aunque para nosotros es un esfuerzo estar lejos de clientes importantes, preferimos seguir estándolo porque son nuestras raíces”, cuenta Ana Álvarez.
Sin duda, Cantabria y los valores que ha encarnado siempre la familia Álvarez y el Grupo, serán parte fundamental del futuro que ahora liderará la tercera generación. “Me gustaría seguir haciendo crecer la empresa sin perder nuestra identidad de empresa familiar y nuestros valores. Y que la compañía entera siga viviendo esos valores muy de cerca y que se sientan orgullosos de trabajar en ella. Me encantaría que dentro de unos años ese sentimiento siguiera estando”, asegura Ana Álvarez.
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